Siria
Las élites empresariales sirias buscan la reintegración
La reintegración de las élites empresariales sirias a la vida económica formal del país ha sido durante mucho tiempo una de las cuestiones más delicadas que enfrenta la gobernanza de la posguerra. Esta cuestión volvió a cobrar protagonismo tras el anuncio del gobierno de Ahmed al-Sharaa, liderado por un acuerdo formal con el empresario Mohamed Hamsho, una figura ampliamente considerada como el miembro más controvertido de la clase empresarial siria de antes de la guerra.
El acuerdo, confirmado a principios de este año, marca la primera vez que un empresario tan estrechamente vinculado al antiguo orden económico llega a un acuerdo con las nuevas autoridades. También ha provocado una visible reacción pública, incluyendo protestas frente a las oficinas gubernamentales, lo que pone de relieve lo tensa que sigue siendo la política de reconciliación económica. Sin embargo, para la administración de Al-Sharaa, el acuerdo parece reflejar una decisión calculada y pragmática: reconstruir la destrozada economía siria requerirá capital, experiencia técnica y redes que no se pueden crear desde cero.
La prominencia de Hamsho hace que el acuerdo sea particularmente significativo. Antaño figura clave de la élite industrial y comercial siria, construyó una extensa presencia comercial que abarcaba la construcción, la ingeniería, la fabricación de metales, los servicios de soporte de telecomunicaciones y empresas vinculadas a los medios de comunicación. Su grupo suministraba componentes de infraestructura, gestionaba operaciones de contratación y mantenía vínculos comerciales que se extendían mucho más allá de las fronteras de Siria. Antes de la guerra, sus empresas eran un símbolo de un entorno empresarial marcado por la proximidad al poder, las ventajas monopolísticas y el acceso preferencial a los contratos estatales.
Desde el conflicto, Hamsho ha mantenido una presencia controvertida en los círculos comerciales regionales. El año pasado, según se informa, pagó alrededor de un millón de dólares para participar en una feria comercial internacional, una suma que se interpretó ampliamente como una señal de capacidad financiera continua y una apuesta por una recuperación comercial gradual. Ese pago ha adquirido ahora mayor importancia, considerándose retrospectivamente como un paso previo a su eventual reintegración al sistema económico formal de Siria.
La reacción pública ha sido intensa. Manifestantes se congregaron frente a las oficinas gubernamentales tras la noticia del acuerdo, acusando a las autoridades de legitimar a figuras asociadas con la corrupción y la exclusión económica. Para muchos sirios, el recuerdo de una economía de preguerra dominada por empresarios con conexiones políticas sigue latente, y el nombre de Hamsho evoca esa época con más fuerza que la mayoría. Las manifestaciones reflejan una tensión más profunda entre las exigencias de rendición de cuentas y la urgente necesidad de recuperación económica.
Sin embargo, desde la perspectiva del gobierno, la lógica es descarnada. Tras más de una década de guerra, la economía siria está agotada. La infraestructura está degradada, la capacidad industrial se ha visto socavada y las instituciones estatales carecen de capital y de gerentes experimentados. La administración de Al-Sharaa ha heredado un país donde la supervivencia, y no la pureza ideológica, define las decisiones políticas. La reintegración de empresarios experimentados, por controvertida que sea, ofrece acceso a cadenas de suministro, conocimientos técnicos y capacidad de inversión que el Estado por sí solo no puede proporcionar.
Este pragmatismo parece estar configurando una estrategia más amplia. Los funcionarios han enmarcado el acuerdo de Hamsho no como un respaldo a prácticas pasadas, sino como un acuerdo transaccional diseñado para movilizar activos económicos latentes en nuevas condiciones políticas. Desde esta perspectiva, el acuerdo se centra menos en la rehabilitación de un individuo y más en impulsar sectores cruciales para la reconstrucción, el empleo y la estabilidad fiscal.
Fundamentalmente, es poco probable que Hamsho sea el último. Se espera que le sigan figuras menos controvertidas. Entre ellas se encuentra Samer Foz, cuyos intereses comerciales en la hostelería, la agroindustria y el comercio han generado mucha menos indignación pública. Otros, incluyendo industriales y exportadores de nivel medio que mantuvieron un perfil bajo durante el conflicto, estarían, según se informa, en conversaciones con intermediarios gubernamentales sobre acuerdos similares. Su regreso anticipado sugiere un enfoque gradual: comenzando con un caso de alto riesgo y gran visibilidad, y luego normalizando la reintegración mediante figuras más aceptadas.
Para Al-Sharaa, esta secuencia podría ser deliberada. Al abordar primero el caso más controvertido, el gobierno pone a prueba la reacción pública, aclara sus límites y señala a otros empresarios que la reintegración será posible, pero no sin escrutinio, contribución financiera y condiciones políticas. También permite a los líderes demostrar control, afirmando que la reconciliación económica se producirá según los términos del Estado y no según los de los intereses comerciales arraigados.
Las implicaciones más amplias son significativas. La reintegración económica, si se gestiona con cuidado, podría acelerar la reconstrucción y reducir la dependencia de la ayuda externa. También podría ayudar a estabilizar los flujos de divisas, reactivar la industria manufacturera y restablecer los servicios básicos. Sin embargo, los errores pueden profundizar la desconfianza pública y reforzar la percepción de que las antiguas élites se están reciclando sin rendir cuentas.
En definitiva, el acuerdo de Hamsho ilustra un dilema central de la gobernanza posconflicto: si la reconstrucción puede continuar sin involucrar a quienes antaño dominaban la economía. La respuesta de Al-Sharaa parece ser un sí rotundo, siempre que la interacción contribuya a las prioridades estatales y genere beneficios económicos tangibles. Al optar por el pragmatismo en lugar de la exclusión, apuesta a que la recuperación económica, con el tiempo, compensará los costos políticos de la controversia.
Desde esta perspectiva, la reintegración de los empresarios sirios es menos una concesión que un reajuste estratégico. Refleja un liderazgo que busca pasar de la legitimidad revolucionaria a la credibilidad de gobierno. Si se gestiona con cuidado, transparencia y disciplina, podría marcar una transición de la supervivencia en tiempos de guerra a la normalización económica. Como medida propia de un estadista, indica que Al-Sharaa está dispuesto a tomar decisiones difíciles e impopulares en pos de la recuperación nacional, y a ser juzgado no por la retórica, sino por los resultados.
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