Irán
Irán se está quedando sin agua y el régimen es el responsable.
Irán se enfrenta actualmente a la crisis hídrica más grave de su historia moderna. Si bien la sequía y el cambio climático han agravado la situación, la magnitud de la emergencia es, en su inmensa mayoría, consecuencia de la acción humana. Es el resultado de un sistema político que prioriza el control ideológico, las redes de clientelismo y el militarismo regional por encima de la supervivencia básica de su población. La crisis hídrica no es solo un problema ambiental; es, más bien, el resultado de una profunda falla de gobernanza en el seno del régimen de los mulás.
Durante décadas, las autoridades han celebrado la construcción de represas, la desviación de canales y la expansión agrícola a gran escala como símbolos de progreso nacional y autosuficiencia revolucionaria. Sin embargo, en realidad, estos proyectos se llevaron a cabo sin tener en cuenta la hidrología ni el equilibrio ecológico. En cambio, sirvieron para reforzar el prestigio político y los intereses financieros de unos pocos, en particular del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), cuyo conglomerado de ingeniería, Khatam al-Anbiya, se ha convertido en el actor dominante en la infraestructura hídrica del país.¹ Estos mismos proyectos han acelerado el deterioro de los ríos, lagos, acuíferos y tierras de cultivo de Irán.
Un agotamiento sistemático de las reservas de agua
Irán recibe solo alrededor de un tercio del promedio mundial de precipitaciones anuales.² Históricamente, esta limitación natural se mitigaba mediante una gestión cuidadosa, incluyendo el antiguo sistema de qanats, que extraía agua subterránea de forma sostenible sin agotar sus fuentes.³ Este equilibrio se rompió después de 1979. Las políticas pronatalistas han impulsado el crecimiento demográfico de 37 millones en 1979 a más de 90 millones en la actualidad,⁴ mientras que el Estado ha fomentado la extracción irrestricta de agua subterránea para sustentar el rápido desarrollo agrícola y urbano. El número de pozos, con y sin licencia, ha aumentado a cerca de un millón, agotando los acuíferos a un ritmo que supera con creces la recarga natural.⁵
Las consecuencias son ahora irreversibles en muchas regiones. El Servicio Geológico de Irán ha registrado un hundimiento del terreno de hasta 25 centímetros al año en zonas de Teherán, Isfahán y Kermán.⁶ Una vez que los acuíferos se han agotado y el terreno se ha compactado, es imposible recuperarlos.
La construcción de represas y las transferencias entre cuencas han exacerbado la situación. El agua se ha desviado de cuencas ecológicamente vulnerables para apoyar industrias con influencia política, como la producción siderúrgica y petroquímica, que consume grandes cantidades de agua, en provincias áridas⁷. El lago Urmia, que alguna vez fue el más grande de Oriente Medio, se ha reducido drásticamente, dejando al descubierto salinas tóxicas que generan tormentas que afectan a millones de personas⁸. De igual manera, el río Zayandeh-Rud, que ha sustentado la economía y la identidad cultural de Isfahán durante siglos, ahora permanece seco durante gran parte del año⁹.
Teherán al borde de la evacuación
A finales de 2025, la crisis había llegado a la propia capital. Los principales embalses de Teherán —Lar, Latyan, Taleghan y Amir Kabir— alcanzaron sus niveles más bajos registrados en seis décadas.¹⁰ En noviembre de 2025, el presidente del régimen, Masoud Pezeshkian, advirtió que las autoridades se verían obligadas a evacuar la capital si las precipitaciones no mejoraban.¹¹
Aunque las autoridades negaron públicamente cualquier plan de racionamiento de agua, los residentes denunciaron cortes nocturnos en los distritos del centro y sur del país, donde las compañías de servicios públicos reducían silenciosamente la presión del agua a cero para rellenar los depósitos locales.¹² Los hogares de bajos ingresos, que no podían permitirse el almacenamiento de agua en los tejados, se vieron afectados de manera desproporcionada. Esta situación de doble rasero en el suministro de agua reflejaba una desigualdad más amplia: la riqueza y el acceso a la política determinaban quién soportaría la crisis y quién quedaría abandonado a su suerte.
La Guardia Revolucionaria Islámica y la economía política del agua
En el centro de la crisis se encuentra la militarización de la gestión de los recursos. Durante décadas, Khatam al-Anbiya, el conglomerado de construcción de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), ha dominado la construcción de represas y la desviación de ríos, obteniendo contratos multimillonarios sin licitación.¹³ En lugar de estar guiada por consideraciones ambientales, la política hídrica se ha visto influenciada por redes de clientelismo y control de seguridad. El resultado es un sistema que muchos expertos iraníes describen como una «mafia del agua», en la que la lealtad política determina el acceso al recurso más fundamental de la nación.
En las zonas rurales, las agroempresas con conexiones políticas cultivan productos que requieren un alto consumo de agua, como la remolacha azucarera, los pistachos y el arroz, en regiones donde el suministro de agua no es sostenible.¹⁴ Mientras tanto, el gobierno no ha modernizado los sistemas de riego, y más del 80 % del agua utilizada en la agricultura iraní todavía depende del ineficiente riego por inundación.¹⁵
En lugar de reparar la infraestructura urbana con fugas, donde se pierde hasta el 30 por ciento del agua canalizada, los fondos se han desviado al desarrollo nuclear, a los programas de misiles balísticos y a las fuerzas interpuestas en la región.¹⁷ Las prioridades estratégicas del régimen no podrían ser más claras: primero el poder, al final los ciudadanos.
Consecuencias sociales y creciente ira pública
La crisis ya ha avivado el malestar social. En 2021, las protestas en Juzestán comenzaron con cánticos de «Tenemos sed» y evolucionaron hacia denuncias directas del Líder Supremo.¹⁸ Manifestaciones similares tuvieron lugar en Isfahán en 2021 y 2025. En julio de 2025, estallaron protestas nocturnas en Teherán y Eslamshahr en medio de cortes simultáneos de agua y electricidad.¹⁹ Videos que mostraban cánticos contra todo el sistema gobernante, no solo contra los funcionarios locales, circularon ampliamente en las redes sociales.
A medida que se agudizan las escasez, se extiende la percepción de que la crisis está intrínsecamente ligada a la naturaleza del régimen. La conexión entre el colapso ecológico, la corrupción y la represión política se ha generalizado en la sociedad iraní. La gente no solo está indignada por la falta de agua corriente; está indignada con el sistema que la provocó.
A medida que se difunde esta comprensión, se han ampliado los debates nacionales sobre alternativas. Entre los movimientos de oposición organizados, el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán (CNRI) ha presentado cada vez más la crisis del agua como prueba de que la estructura estatal actual es irreformable. Su mensaje vincula el colapso ambiental con la demanda de un sistema de gobierno democrático, liderado por la ciudadanía, capaz de reconstruir la infraestructura nacional sobre bases transparentes y responsables.
Una crisis que el régimen no puede resolver
Existen soluciones técnicas para abordar la crisis: sistemas de riego eficientes, restauración de acuíferos, reciclaje de aguas residuales, desalinización y una gobernanza transparente del agua a nivel de cuenca. Sin embargo, para implementar estas medidas, Irán tendría que desmantelar las estructuras políticas y económicas que sustentan el sistema actual. Esto requeriría poner fin al control de la Guardia Revolucionaria sobre la infraestructura hídrica; establecer una gestión transparente y descentralizada de los recursos; clausurar los pozos ilegales protegidos políticamente que han agotado los acuíferos; redirigir el agua de las industrias vinculadas al régimen hacia los hogares, la agricultura y la recuperación ambiental; y reasignar el gasto estatal de proyectos militares a la reparación de los sistemas nacionales básicos. No se trata de ajustes técnicos, sino de transformaciones políticas. Estas contradicen directamente la lógica operativa fundamental del régimen. Por ello, el Estado es estructuralmente incapaz de resolver la crisis que él mismo ha provocado.
Conclusión: El agua como medida de legitimidad
El agua se ha convertido en un indicador de legitimidad política. Un régimen incapaz de garantizar el acceso a agua potable a su población no puede reclamar el derecho a gobernar. La sequía de embalses y ríos se refleja en la erosión de la confianza pública. El colapso de la seguridad hídrica ya no es una amenaza abstracta o lejana; es la realidad cotidiana de millones de personas.
Irán no solo se está quedando sin agua. Se está quedando sin tiempo.
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