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Economía digital

La Ley de Mercados Digitales perjudica a los europeos. Es hora de priorizar el progreso, los mercados libres y la competencia.

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El mayor desafío de Europa hoy en día es la competitividad digital. Cada vez más, los propios europeos reconocen que el frenesí regulatorio desatado por los burócratas de Bruselas está socavando el crecimiento económico del continente. La Unión Europea se está quedando atrás con respecto a Estados Unidos y China, e incluso sus propias instituciones reconocen el problema, escribe. Alejandro Bertoldi
Director Ejecutivo del Instituto Milton Friedman

El Informe Draghi, encargado por la Comisión Europea y elaborado por el expresidente del Banco Central Europeo y ex primer ministro italiano Mario Draghi, lanzó una seria advertencia: Europa sufre un grave déficit de innovación y carece de dinamismo en los mercados tecnológicos de alto crecimiento. Sin embargo, justo cuando el informe lanzaba la alarma, la Unión Europea redobló sus esfuerzos en la regulación, imponiendo precisamente cargas a las industrias que necesita fortalecer.

La Ley de Mercados Digitales (DMA) es quizás el ejemplo más claro. Con su enfoque prescriptivo y ex ante, la regulación corre el riesgo de paralizar los mercados en lugar de hacerlos más competitivos. El problema no radica simplemente en que se dirige a las grandes plataformas digitales. También reduce la funcionalidad, aumenta los costes de cumplimiento y, en última instancia, perjudica tanto a las empresas como a los consumidores europeos.

Las cifras son reveladoras. Según estudios recientes, la pérdida de ingresos anuales para las empresas europeas derivada de la menor personalización y la disminución de los servicios digitales podría alcanzar los 114 millones de euros. Se estima que las restricciones a la publicidad personalizada, por sí solas, cuestan a las empresas europeas aproximadamente 8.5 millones de euros al año. Por otro lado, una encuesta realizada a 5,000 personas en 20 países reveló que dos tercios de los usuarios ahora necesitan más clics o búsquedas más complejas para encontrar los productos que desean, mientras que más del 40 % afirmó que incluso estaría dispuesto a pagar por volver a la experiencia anterior a la DMA.

Las consecuencias en el mundo real ya se están haciendo evidentes. La DMA ha sido señalada como la principal razón del retraso en el lanzamiento de las nuevas funciones de IA de Siri de Apple en iOS 27 en Europa. Como resultado, a los consumidores europeos se les niega el acceso a innovaciones que ya están disponibles en otros lugares debido a un marco regulatorio que prioriza la intervención centralizada sobre los mercados libres, la libertad de elección del consumidor y el progreso tecnológico.

A pesar de estas evidencias, la Comisión Europea ha declarado que la DMA es «adecuada para su propósito». Esta conclusión resulta incómoda en el contexto del debate europeo sobre la competitividad. Si los responsables políticos están realmente comprometidos con la recuperación de la innovación y el crecimiento económico, la solución no puede ser más regulación. En cambio, Europa debe retomar los principios que históricamente han impulsado la prosperidad: la libre competencia, la reducción de las barreras de entrada y la confianza en las decisiones de los empresarios y consumidores, en lugar de la planificación burocrática.

El problema no se limita al sector tecnológico. La Directiva sobre Informes de Sostenibilidad Corporativa (CSRD) y la Directiva sobre la Debida Diligencia en Materia de Sostenibilidad Corporativa (CSDDD) imponen costes de cumplimiento sustanciales y obligaciones regulatorias que desalientan la inversión y la expansión económica. Junto con la DMA, estas medidas reflejan una filosofía regulatoria que, con demasiada frecuencia, considera a las empresas como un problema que debe controlarse, en lugar de como el motor de prosperidad en el que deberían convertirse.

En la economía global actual, competir con una mano atada a la espalda es una receta para el fracaso. Las empresas, naturalmente, dirigen sus inversiones, talento e innovación hacia jurisdicciones que ofrecen mayor libertad económica. Países como los Emiratos Árabes Unidos y Argentina fomentan activamente la inversión en tecnologías emergentes mediante la creación de entornos favorables a los negocios, en lugar de imponer cargas regulatorias punitivas. Europa debería dejar de penalizar a quienes crean valor y, en cambio, establecer las condiciones para que los mercados prosperen mediante normas sencillas, estables y limitadas que protejan la competencia sin intentar sustituirla.

Europa debe convertirse en un continente que diga «sí»: sí a la innovación, sí al crecimiento y sí al éxito. La actual cultura de restricciones, prohibiciones y regulaciones cada vez más estrictas corre el riesgo de alejar por completo el progreso tecnológico del continente. Si Europa continúa por este camino, sus ciudadanos acabarán pagando más por innovaciones desarrolladas, propiedad y controladas en otros lugares.

La Comisión Europea debería seguir las recomendaciones de sus propios informes de competitividad y llevar a cabo una revisión exhaustiva de la Ley de Mercados Digitales. Este proceso debería comenzar por derogar o restringir significativamente las disposiciones que menoscaban el bienestar del consumidor, desalientan la innovación y debilitan la posición competitiva de Europa en la economía global.

La libertad económica no es un lujo, sino un derecho fundamental y la base de la prosperidad. Europa aún tiene tiempo para elegir el camino de los mercados abiertos, la innovación y el crecimiento. Pero esa decisión debe tomarse ahora.

Alejandro Bertoldi
Director Ejecutivo del Instituto Milton Friedman

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Colaborador invitado - Opinión

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